Sobre papel manteca, una curva suave decide la futura directividad. El artesano piensa con las manos, anticipando cómo respirará el recinto al tensarse la fibra. A su lado, el ingeniero marca radios mínimos y volúmenes necesarios para controlar modos internos. Ese dibujo compartido no es un capricho estético, sino un mapa sonoro temprano. Lo hermoso aquí nace útil: cada milímetro habla de resonancias, puntos de apoyo, refuerzos discretos y pasajes para el aire que no turbulentee.
Cuando el cepillo levanta una viruta continua, la superficie adquiere una microtextura que afecta el acoplamiento con la capa interna. El artesano la siente con los nudillos, buscando una respuesta seca. El ingeniero, con un barrido de frecuencias, detecta una caída más limpia en la zona media. Ajustan juntos el espesor, medio golpe a la vez, para desplazar un pico persistente. La matemática confirma, pero el oído de banco dicta el punto dulce donde el timbre se vuelve creíble.
Prototipo P1: demasiado brillo entre cuatro y seis kilohercios; P2: graves holgados, pero sin contorno; P3: aparece un rumor agradable en voces masculinas. Entre cada intento, se cambian refuerzos, se aligeran esquinas, se sellan poros. En el taller, una estufa seca el barniz mientras, al lado, un portátil calcula el retardo óptimo de un filtro. El resultado deseado surge de esa paciencia compartida: prueba, error, escucha comparada y la humildad de rehacer cuando la música aún no respira.